Las lágrimas que se convierten en fuente

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“Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, En cuyo corazón están tus caminos. Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, Cuando la lluvia llena los estanques. Irán de poder en poder; Verán a Dios en Sion.” Salmo 84:5-7
 Uno de los grandes milagros que he visto en mi vida es experimentar el gozo y la fortaleza de Dios en medio de momentos de angustia. Suena imposible, suena paradójico pero es real. Eso sólo lo hace Dios.

Han habido momentos en mi vida que estoy segura que si no hubiese mirado hacia arriba buscando mi fortaleza en Cristo, jamás hubiese resistido.

En mi tiempo de angustia, naturalmente, he llorado y he pataleado (cómo decimos nosotros por acá). No voy a pintarme de super espiritual– cómo si flotara por el aire siempre en paz y no fuera capaz de tener estas reacciones. En la vida real, así no es que sucede. Aún los grandes profetas cómo Elias sintieron miedo o estuvieron a punto de rendirse en algún momento, entre otras cosas. Este Elias, inclusive, llego a esconderse en una cueva lleno de temor y tristeza tras ser perseguido.  Sin embargo, esto no representó un impedimento para que Dios llegara a su alcance, lo fortaleciera y continuara su camino.

La frustración, el temor y la angustia son repuestas esperadas cuando experimentamos dolor, opresión o situaciones similares.

Yo también he manifestado estas emociones, pero también he sabido incorporarme para luego refugiarme en un lugar secreto donde solo estamos Dios y yo. Ese lugar es el aposento donde entregas todo a Dios para que sea El quien dirija, quien te sane y quien opere. En ese lugar es que se lleva a cabo el nacimiento de tus fuerzas y donde te equipas con las armas para la conquista.

Dios tiene una manera particular de darte fuerzas. Se llama el gozo de la salvación. Ese gozo no esta condicionado exclusivamente a momentos de alegría. Ese gozo opera mediante tu fe en Cristo para fortalecerte en tiempos de angustia. La fortaleza que emana de Dios hacia ti es lo que te sostiene para resistir y para esperar en Dios.

Me fascina este Salmo cuando dice que “atravesando un valle de lagrimas, lo cambian en fuente.”

El salmista expresó en otro tiempo también: “el llanto puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría.” Salmo 30:5

En Dios, tus lágrimas, no caen al suelo.  Dios las recoge, se duele contigo, y luego convierte esas lágrimas en un manantial que sacia y renueva.

Me fascina aún más cuando este Salmo dice que “irán de poder en poder y verán a Dios en Sion.”

Esa fuente que Dios ha formado con tu lágrimas es un recurso para que puedas recorrer el camino que te espera y obtener la victoria. Cuando ponemos en Dios nuestras fuerzas, vamos escalando de gloria en gloria, no importa lo que ocurra entre medio; no retrocedemos. Dios es el que nos lleva. Te sorprenderás cuando al final ves la mano de Dios obrar a tu favor, tu cabeza ungida con aceite y tu copa rebosando.

¡Dichoso es aquel que pone en El sus fuerzas!

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