¿Sabes exactamente cuántos reyes han existido en la historia de la humanidad? ¿O cuántos se mencionan en la biblia por lo menos? Tal vez no sea un dato de interés para algunos, pero he estado pensando en las cosas qué caracterizan a un rey. 

Poder, riqueza, dominio, reconocimiento, orden, leyes, control, seguidores, guardia, servidores—son cosas que vienen a la mente. Seguramente nos enfoquemos en lo que hace el rey pero, ¿alguna vez has pensado en cuántos le sirven para poder cumplir con todo lo que pueda o tenga que hacer?

¿Cuántas personas harán parte de la servidumbre “real”, qué pensarán, cómo serán, dónde vivirán, qué necesidades tienen, en fin, será que sus nombres pasarán a la historia junto con el del rey al que sirven?

Probablemente jamás conoceremos ni siquiera los nombres, a menos que se trate de alguien que haga alguna gran hazaña, salga en las noticias un día, pero al siguiente día será olvidado.

Ahora te pregunto, ¿te gusta que te atiendan? ¿que te sirvan? Pues debemos reconocer que se siente bien, o ¿no? 

Nos gusta que sean atentos con nosotros, que hagan cosas especiales, que tengan detalles, (que a veces ni notamos y mucho menos agradecemos), que nos consientan. Pero ¿nos gusta hacer lo mismo por otros? En otras palabras, ¿nos gusta servir? ¿nos gusta ser atentos, consentir, hacer algo o mucho por alguien conocido o hasta algún desconocido o alguien que nos ha lastimado?

La Biblia registra a un Rey en especial, que hizo algo fuera de toda lógica humana, o sea, ¿qué Rey le lava los pies a quienes le sirven? 

Imagínate tú siendo rey, ¿lo harías? De ningún otro se da detalles en la Biblia de que se sentó, comió, escuchó y ayudó a los que le servían, de la forma en la que este Rey lo hizo. 

Supongo que ya sabes de qué Rey estamos hablando:

¡Jesús!

Quien tuvo el detalle no sólo de lavar los pies de sus discípulos, sino de secarlos, (Juan 13:1-20), yo me imagino ese momento…. ¡qué hermoso debió ser! 

Pero más allá de ese momento privilegiado que vivieron sus discípulos, Jesús quería enseñarnos algo que Él mismo resumió con estas palabras: 

“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió.” (Juan 13: 14-16 RVR 1960)

Hemos sido llamados a servir, sin importar lo sucios que estén los pies de quien necesita ayuda, no la nuestra, sino la de Dios— sólo que es a través de nosotros que Él muestra ese maravilloso amor y servicio. Obviamente lo que hizo Jesús es totalmente contrario a lo que el mundo nos muestra, porque no somos de este mundo, lo que hacemos en obediencia a Dios siempre va a ser ilógico y contracorriente para quienes no le conocen. (Romanos 12:2)

Ahora bien, debemos siempre tener presente que nuestro servicio es para Dios y Él es nuestra herencia y recompensa, (Colosenses 3:24, Efesios 6:6, 1 Corintios 15:58), Él jamás nos olvidará. (Salmos 94:14). 

Puede ser que muchas veces nuestra motivación humana no será suficiente para levantarnos y disponernos a servir en donde quiera que Dios nos ponga ya sea en el hogar, el trabajo, la iglesia, el barrio, la ciudad, aún la calle.

En cualquier lugar y para servir a cualquier persona, recuerda que aun sabiendo lo que haría, Jesús, el Rey de reyes y Señor de señores, cuyo reinado es Eterno y cuyo nombre jamás será olvidado, porque es sobre todo nombre—también lavó los pies de Judas.

Leidy Bueno Sanabria, es colombiana, profesional en Contaduría Pública, está felizmente casada y es madre de un hermoso niño de 7 años. Desde muy niña Dios puso en su corazón el anhelo de servirle. Ha tenido la oportunidad de estar en el servicio diaconal, con los jóvenes y en la alabanza de la iglesia. Una de las cosas que más le apasiona es escribir lo que Dios inspira a su corazón para compartirlo con otros.



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